Este 3 de julio, el santoral católico celebra a Santo Tomás Apóstol, uno de los doce elegidos por Jesucristo para cimentar su Iglesia. Nacido en Galilea y apodado «Dídimo» por su condición de gemelo, Tomás se transformó de un apóstol marcado por la duda inicial en un misionero que llevó la fe hasta los confines de Oriente.
Su inicial escepticismo ante la Resurrección cambió radicalmente cuando introdujo sus dedos en las llagas del Salvador resucitado. Tras la llegada del Espíritu Santo en Pentecostés, el apóstol asumió el desafío de cruzar las fronteras conocidas, desplegando su predicación ante gobernantes y filósofos. Su ambicioso viaje evangelizador lo llevó a atravesar Persia hasta alcanzar las costas de la India meridional, donde fundó las primeras comunidades cristianas de la región.
Los antiguos relatos apócrifos y las crónicas de Malabar le atribuyen milagros de curación de enfermos terminales mediante la imposición de manos. La tradición también testifica cómo logró pacificar a tribus hostiles y convertir a familias reales enteras. Su valiente predicación en la región de Mylapore despertó la furia de los sacerdotes paganos locales, quienes no toleraban su influencia moral.
Santo Tomás sufrió el martirio al ser atravesado por una lanza, perdonando a sus propios asesinos. La devoción actual lo venera como patrono de los arquitectos, los constructores y de los fieles que atraviesan crisis de fe. Sus reliquias se custodian en la Basílica de Santo Tomás en Chennai, que atrae anualmente a miles de peregrinos de diversas culturas que buscan imitar su ejemplo de honestidad espiritual y valentía misionera.
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