Con la llegada del otoño, el norte neuquino se transforma en un escenario icónico: el regreso de la veranada. Cientos de familias crianceras emprenden el descenso desde las zonas altas de la cordillera hacia los campos de invernada, participando en una práctica ancestral que entrelaza producción, cultura e identidad. A medida que el frío se intensifica y las primeras nevadas cubren los cerros, los arreos, compuestos por caballos, chivos, ovejas y vacas, vuelven a marcar el camino.
Durante los meses de verano, los crianceros se establecen en las zonas altas, donde aprovechan las pasturas frescas y el agua del deshielo. Sin embargo, con el avance del otoño, deben regresar antes de que la nieve cierre los pasos, complicando el traslado de sus animales. Este movimiento no es solo productivo; es una tradición que se repite desde hace generaciones, formando parte de la identidad de Neuquén. Las familias conocen cada tramo del recorrido, identificando fuentes de agua, lugares de descanso y sectores seguros para avanzar.
En los últimos años, el Gobierno provincial ha implementado mejoras en las huellas de arreo del Alto Neuquén, construyendo corrales, refugios y pasarelas. Además, la actividad está respaldada legalmente por la Ley 3016, que protege estos caminos y garantiza el derecho de los crianceros a circular entre las zonas de veranada e invernada. Esta práctica no solo fomenta la producción del chivito criollo, reconocido en todo el país, sino que también moviliza una parte esencial de la historia neuquina, manteniendo viva una tradición que, año tras año, regresa de la montaña junto al sonido de los arreos.
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