La escuela se encuentra ante un dilema persistente con la irrupción de nuevas tecnologías, y el celular es el último ejemplo. Frente a su presencia, las instituciones educativas suelen oscilar entre la creencia de que la tecnología se resolverá sola o la de convertirla en un tabú, expulsándola del aula. Sin embargo, ninguna de estas actitudes es considerada razonable ante la realidad de que el celular forma parte de la vida cotidiana de los adolescentes.
Un reciente informe de la UNESCO revela que la preocupación por el uso de celulares en el ámbito escolar es global. Un 58% de los países, lo que equivale a 114 sistemas educativos, implementan algún tipo de prohibición nacional. Si bien el alcance de estas restricciones varía según el país y el nivel educativo, el dato subraya que el debate sobre su presencia en las aulas ha dejado de ser marginal.
Si bien es cierto que el celular puede ser una fuente de distracción, fragmentar la atención y alterar la convivencia escolar al llevar la lógica de la notificación permanente al aula, reconocer el problema no implica que cualquier prohibición sea una solución educativa. La pregunta fundamental es si la escuela se limitará a declarar este mundo como tabú durante la jornada escolar o si asumirá la tarea, más difícil y necesaria, de enseñar a los adolescentes a vivir en él.
Un estudio del National Bureau of Economic Research en Estados Unidos evaluó el impacto de una forma estricta de restricción: el uso de fundas con cierre para impedir el acceso al teléfono. Los autores reportaron que esta política reduce el uso del celular en la escuela, pero sus efectos sobre los aprendizajes son «mucho más modestos», con resultados promedio en las pruebas «consistentemente cercanos a cero». Tampoco se encontró evidencia significativa de efectos sobre la atención autorreportada o el bullying online.
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