Benja, un niño de 11 años que cursa quinto grado en Neuquén, eligió su nombre y su identidad con claridad: es un niño trans. Su historia comenzó durante la pandemia, cuando tenía cinco años y empezó a expresar inquietudes que su mamá, Jessi Valenzuela, no sabía interpretar al principio. Alrededor de los siete años, pudo ponerle un nombre a lo que venía sintiendo.
La crianza de Benja siempre fue abierta. Podía elegir sus gustos musicales, la ropa, los juegos y las cosas que quería hacer. Pero a medida que crecía, sus elecciones tomaron una certeza diferente. Había cosas que lo incomodaban: llevar el pelo largo y determinadas situaciones vinculadas con su cuerpo. Lo que comenzó como un juego de complicidades con su mamá —cambios en la ropa, el pelo, los juguetes— evolucionó hacia las palabras.
«Fue progresivo. Él iba tanteando cómo íbamos actuando cada uno. Primero la complicidad era conmigo y después ya dijo: ‘Quiero que me digan él'», recordó Jessi Valenzuela. En ese momento, ella comenzó a buscar información. La familia no conocía las infancias trans ni tenía todas las respuestas, pero decidió acompañar el proceso.
Cuando alguien le pregunta cómo es, Benja tiene una respuesta clara: «Soy confrontativo, confronto lo que está mal. Soy feliz, soy muy fluido». Como cualquier chico de su edad, todavía está descubriendo quién es. En su casa dibuja, inventa historietas, crea mundos propios, juega al Roblox con sus amigos y le gusta leer, el animé y todo aquello que le permita imaginar otras historias.
En Neuquén, organizaciones como Nueva Crianza acompañan a familias de infancias trans. Daniela Maidana, integrante de esta organización, fue una de las personas fundamentales para la familia de Benja en este proceso de reconocimiento y aceptación de su identidad.
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