La apertura comercial expone a la industria argentina a competir con importaciones asiáticas mientras el Gobierno enfrenta un escenario internacional que debilitó su estrategia exterior. El resultado electoral de Donald Trump en Estados Unidos golpeó al oficialismo y redujo el respaldo financiero que la Casa Rosada esperaba desde Washington, dejando al descubierto el riesgo de haber apostado todo el capital diplomático a un solo casillero sin plan alternativo.
El impacto del cambio geopolítico llegó también a los empresarios locales, que veían en la sintonía con la Casa Blanca un paraguas frente a la guerra comercial global. Ahora advierten que ese escudo perdió fuerza en un contexto donde las fábricas nacionales sufren el ingreso de manufacturas terminadas desde Asia por las políticas de apertura comercial implementadas.
Detrás del discurso oficial contra el «comunismo», la gestión muestra una dualidad concreta. Mientras las industrias locales se debaten con la competencia de importaciones asiáticas, un sector pragmático del Ministerio de Economía nunca cortó puentes con Beijing. Al contrario, cuidan el vínculo con reserva y mantienen el swap de monedas con China como último respaldo de dólares líquidos ante una eventual corrida.
Esta contradicción refleja la trampa del corto plazo en la que cayó la administración: sacrificar la industria nacional en el altar de una apertura comercial sin protecciones, mientras preserva en silencio los mecanismos financieros que la vinculan con el gigante asiático. Una nación sin industria, en definitiva, queda vulnerable a cualquier cambio en el tablero internacional.
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