Una antigua enseñanza de los pueblos originarios de América advierte que no heredamos la tierra de nuestros padres, sino que la tomamos prestada de nuestros hijos. Este proverbio indígena americano circula entre numerosas naciones desde Norteamérica hasta las culturas andinas, aunque su formulación exacta varía según la fuente y la tradición.
Las naciones iroquesas de Norteamérica popularizaron el concepto a través del célebre «principio de las siete generaciones», que exige evaluar toda decisión por su impacto en los descendientes lejanos. En las culturas andinas, la Pachamama (Madre Tierra) es considerada sujeto de derechos y reciprocidad, no un recurso a explotar. Ambas cosmovisiones, tejidas durante milenios de convivencia directa con el territorio, preceden a cualquier concepto occidental de sostenibilidad.
El proverbio desmonta la lógica de propiedad absoluta. Si la tierra es un préstamo y no una herencia, cada generación es apenas custodia temporal, con la obligación moral de devolverla en condiciones iguales o mejores. Esta ética es radicalmente distinta a la de la explotación de recursos como derecho ilimitado: el vínculo con el territorio implica responsabilidad intergeneracional, no dominio.
En plena crisis climática, donde el corto plazo rige las decisiones empresariales, políticas y personales, el proverbio indígena funciona como brújula incómoda. No aplica solo a la ecología: también a cómo se gestiona un equipo, un proyecto o una empresa que se entregará a otros. Pensar en «siete generaciones» antes de decidir es, quizás, el ejercicio de sostenibilidad más simple y más ignorado de la vida moderna.
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