A seis meses del inicio de la guerra, Estados Unidos abandona la estrategia de una intervención rápida contra Irán y apuesta ahora por el colapso financiero de la República Islámica. La nueva estrategia implica un cerco económico total con el bloqueo de transacciones, comercio petrolero, mercados de divisas y redes de transporte marítimo, con la ayuda de aliados globales.
Lo que prometía ser una intervención quirúrgica de resolución rápida en febrero pasado se transformó en un conflicto de desgaste que desafía todas las previsiones de la Casa Blanca. El enorme desgaste militar, logístico y político sufrido por Washington hizo que temas de seguridad nacional, como los niveles de municiones y la contratación de defensa, generen fricciones en las conversaciones cotidianas de la administración estadounidense.
Según estimaciones del Departamento de Defensa, el costo de la guerra ya asciende a 29.000 millones de dólares. Esta cifra representa un incremento del 16% respecto a las proyecciones iniciales, impulsado por el reemplazo incesante de equipamiento militar y el mantenimiento de una presencia constante en la región. La Armada es la rama militar más afectada, con despliegues prolongados que ponen a prueba tanto a los buques como al personal militar y sus familias.
Mientras tanto, el régimen iraní consolida una «economía de la resistencia» frente a la crisis y la inflación galopante que afronta. Los canales de diálogo entre ambas potencias permanecen suspendidos, mientras la escalada amenaza la estabilidad global y la economía doméstica estadounidense. La presión interna ya se refleja en los pasillos del Congreso, donde la discusión por partidas suplementarias ha desatado fuertes cruces legislativos sobre el desvío de fondos.
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