En 2018, tras un diagnóstico de cáncer de mama, Claudia encontró en la pastelería un refugio para sanar, y hoy sus postres son un nuevo furor en una histórica pizzería neuquina. La enfermedad, que se manifestó con una pequeña molestia, la llevó a descubrir un camino de resiliencia y creatividad, transformando su experiencia en un exitoso proyecto de pastelería.
La vida de Claudia dio un giro inesperado a sus 41 años. Después de que los primeros estudios no arrojaran resultados concluyentes, una segunda consulta confirmó el diagnóstico de cáncer de mama. «Esto nos cambió la vida de un día para el otro», recuerda, destacando el impacto emocional de la noticia y el inicio de un arduo tratamiento.
Su pareja, Juan José, y su hijo, Juan Gabriel, fueron pilares fundamentales durante todo el proceso. Claudia relata que su marido le prometió acompañarla en cada etapa del tratamiento. La cirugía para extirpar el tumor se realizó el 19 de enero de 2018, un día después del cumpleaños número 18 de su hijo, una fecha que ella misma solicitó para poder celebrarlo con él.
El tratamiento fue prolongado e invasivo, incluyendo tres meses de quimioterapia, dos meses de rayos, un año de anticuerpos y tres años de inyecciones, además de cinco años de pastillas. A pesar de la dureza del proceso, Claudia, quien trabaja desde hace más de una década como administrativa contable en una fábrica, encontró en la elaboración de dulces y merengues una forma de sobrellevar las quimioterapias y el insomnio.
La pastelería se convirtió así en su refugio, un espacio donde pudo canalizar su energía y encontrar un nuevo propósito. Este dulce renacer no solo le permitió afrontar la enfermedad, sino que también la llevó a un emprendimiento que hoy deleita a los clientes de una reconocida pizzería en Neuquén.
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